Vinculación entre profesoras y profesores de Ética y Valores, Lógica, Temas Selectos de Filosofía y asignaturas afines.
jueves, 26 de abril de 2012
lunes, 16 de abril de 2012
PARA UNA FILOSOFÍA DE VIDA...
Nuestras actividades cotidianas frente a grupo o en la gestión educativa no suelen dejarnos mucho tiempo para la reflexión y la introspección necesarias para revisar el sentido último de nuestro quehacer docente. Sirve acercarnos a las ideas de los grandes educadores mexicanos, en este caso presentadas por el analista regiomontano Gabriel Zaid, quien recuerda algunos postulados básicos de don Pablo Latapí, según los escribió en su libro Una buena educación: reflexiones sobre la calidad, editado en 2008 por la Universidad de Colima.
1. Educar bien es ante todo formar el carácter: la disposición moral de la persona, su temperamento y compostura, la congruencia entre pensar y obrar, el conjunto de sus convicciones, virtudes y actitudes adquiridas; un sentido de finalidad que engloba y afecta todo lo que llamamos nuestra vida; la asimilación consciente de que la vida conlleva un imperativo de autorrealización y una aceptación del esfuerzo necesario, lo cual requiere disciplina en el uso del tiempo y capacidad para organizar las actividades propias y de los demás.
2. La inteligencia debe ser educada por medio del lenguaje. Pensamos porque hablamos, pensamos como hablamos. Una inteligencia bien educada tiene conocimientos generales para ubicarse en el mundo (cultura general); tiene destrezas fundamentales para pensar con sentido crítico y seguir aprendiendo por su cuenta; tiene conocimientos especializados para desempeñar tareas productivas. La cultura general debe incluir la perspectiva histórica que permite entender mejor el presente. Las destrezas intelectuales deben incluir la capacidad de expresarse y convencer. La educación debe tomar en cuenta el salto que se produce a los once o doce años, cuando empieza la autoconciencia y el diálogo con uno mismo, cuando se descubre la maravilla y la riqueza de pensar.
3. Hay que educar los sentimientos, porque también pensamos con el corazón, al grado de que la aceptación o rechazo de un argumento se liga a nuestras simpatías, antipatías, prejuicios y deseos. Volverse consciente de esta complicación es indispensable para aprender a pensar, para someternos a una reflexión autocrítica continua y lograr la objetividad. La educación de los sentimientos va más allá: al cultivo de la imaginación, la creatividad, el aprecio de la belleza, la sensibilidad para los sentimientos de los otros, la compasión, el sentido humano. El éxito es importante para el desarrollo personal, pero la educación limitada a ciertas formas de excelencia y competitividad produce analfabetos en el desarrollo de sus sentimientos.
4. Hay que educar para la libertad y su ejercicio responsable. En la libertad culminan el carácter, la inteligencia y los sentimientos. La libertad incluye el respeto al propio temperamento y la capacidad de reírse de uno mismo: de los absurdos que nos acompañan y de nuestras propias miserias. La libertad nos instala en la autonomía moral, donde nos construimos y (con otros) construimos la vida común. La libertad integra los valores con el deseo, esa gran fuerza oculta que pone en movimiento nuestra vida psíquica. Integra el querer ser con el deber ser. Llegar a creer en algo (o en alguien o en Alguien) para darle sentido a la vida es tan necesario como mantener vivo el asombro ante los esplendores de cada puesta de sol y todos los milagros de la vida cotidiana.
El artículo completo de Zaid puede leerse en http://www.letraslibres.com/blogs/articulos-recientes/testamento-educativo.
Recordamos así la trascendencia de la buena educación para el cultivo permanente de una filosofía de vida.
1. Educar bien es ante todo formar el carácter: la disposición moral de la persona, su temperamento y compostura, la congruencia entre pensar y obrar, el conjunto de sus convicciones, virtudes y actitudes adquiridas; un sentido de finalidad que engloba y afecta todo lo que llamamos nuestra vida; la asimilación consciente de que la vida conlleva un imperativo de autorrealización y una aceptación del esfuerzo necesario, lo cual requiere disciplina en el uso del tiempo y capacidad para organizar las actividades propias y de los demás.
2. La inteligencia debe ser educada por medio del lenguaje. Pensamos porque hablamos, pensamos como hablamos. Una inteligencia bien educada tiene conocimientos generales para ubicarse en el mundo (cultura general); tiene destrezas fundamentales para pensar con sentido crítico y seguir aprendiendo por su cuenta; tiene conocimientos especializados para desempeñar tareas productivas. La cultura general debe incluir la perspectiva histórica que permite entender mejor el presente. Las destrezas intelectuales deben incluir la capacidad de expresarse y convencer. La educación debe tomar en cuenta el salto que se produce a los once o doce años, cuando empieza la autoconciencia y el diálogo con uno mismo, cuando se descubre la maravilla y la riqueza de pensar.
3. Hay que educar los sentimientos, porque también pensamos con el corazón, al grado de que la aceptación o rechazo de un argumento se liga a nuestras simpatías, antipatías, prejuicios y deseos. Volverse consciente de esta complicación es indispensable para aprender a pensar, para someternos a una reflexión autocrítica continua y lograr la objetividad. La educación de los sentimientos va más allá: al cultivo de la imaginación, la creatividad, el aprecio de la belleza, la sensibilidad para los sentimientos de los otros, la compasión, el sentido humano. El éxito es importante para el desarrollo personal, pero la educación limitada a ciertas formas de excelencia y competitividad produce analfabetos en el desarrollo de sus sentimientos.
4. Hay que educar para la libertad y su ejercicio responsable. En la libertad culminan el carácter, la inteligencia y los sentimientos. La libertad incluye el respeto al propio temperamento y la capacidad de reírse de uno mismo: de los absurdos que nos acompañan y de nuestras propias miserias. La libertad nos instala en la autonomía moral, donde nos construimos y (con otros) construimos la vida común. La libertad integra los valores con el deseo, esa gran fuerza oculta que pone en movimiento nuestra vida psíquica. Integra el querer ser con el deber ser. Llegar a creer en algo (o en alguien o en Alguien) para darle sentido a la vida es tan necesario como mantener vivo el asombro ante los esplendores de cada puesta de sol y todos los milagros de la vida cotidiana.
El artículo completo de Zaid puede leerse en http://www.letraslibres.com/blogs/articulos-recientes/testamento-educativo.
Recordamos así la trascendencia de la buena educación para el cultivo permanente de una filosofía de vida.
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