LOS SAN PATRICIOS
Héroes de bronce, saludados con whisky y mezcal
Por Alejandro Benítez Aguilar
La mañana del 13 de septiembre de 1847, mientras el ejército de Estados Unidos arriaba la bandera mexicana y colocaba en su lugar la de las barras y las estrellas en el castillo de Chapultepec, en San Ángel, tres kilómetros al sur, el coronel William Harney, desenfundaba su sable para dar la órden de ejecución por la horca de 30 soldados desertores del ejército que habían sido capturados tres semanas antes, juzgados y condenados al cadalso. Eran los San Patricios, soldados venidos de las islas británicas a pelear en el ejército de Estados Unidos, que terminaron combatiendo por el bando contrario en la guerra de 1847.
La tradición los ha llamado los mártires irlandeses, mejor conocidos como el Batallón de San Patricio, y hoy ocupan un lugar en el panteón de bronce de la historia patria. La imaginación popular gusta de encontrar muchas similitudes culturales entre México e Irlanda. A ambos pueblos nos gusta la fiesta, la música, la bebida y sobre todo, compatimos una fuerte herencia católica y tradicionalista. Quizá estos rasgos ayudaron a crear la leyenda del Batallón irlandés que se negó a pelear contra un pueblo guadalupano, cuando llegaron a nuestras tierras como miembros del ejército invasor.
La investigación histórica ha matizado algunos rasgos de esta leyenda. Cuando inició la campaña militar que culminaría con la derrota mexicana y la amputación de más de la mitad del territorio nacional, la primera fuerza que llegó a nuestro país por el norte estaba comandada por el general Zachary Taylor y más de la mitad de los soldados eran inmigrantes europeos. La Revolución Industrial y varios años de mal clima y pérdidas de cosechas, principalmente en Irlanda, habían arrojado grandes oleadas de súbditos británicos a probar fortuna en América. Muchos de ellos inclusive habían servido como tropa del ejército inglés que ocupaba tierras irlandesas, de modo que no eran exactamente patriotas descontentos con los enemigos protestantes. Eran, en el sentido más práctico del término, mercenarios en busca de medios para sobrevivir, una actividad muy común en los ejércitos de la época.
Entre los ingleses, escoceses e irlandeses alistados en el ejército había un cuerpo de artilleros acantonado en la frontera, cerca de Matamoros. Las jornadas de calor, malos tratos y poca paga, sumadas al ambiente festivo que se veía en el pueblo mexicano, fueron seguramente el detonante para que varios de ellos buscaran mejores oportunidades en una guerra que les era ajena. Hay numerosos registros en los archivos históricos del ejército de Estados Unidos donde se refiere que varias decenas de reclutas desertaron para unirse a las filas mexicanas. Es muy probable que hayan ayudado los volantes impresos distribuidos por espías al servicio del general mexicano Pedro de Ampudia, jefe del ejército en el norte, escritos en inglés e invitando a los soldados yanquis a desertar. Se les ofrecía mejor trato, mayor sueldo y tierras para cultivar al final de la guerra, hasta 128 hectáreas para cada uno. Uno de los que leyeron estos panfletos y aceptó la oferta laboral fue John Riley, un hombretón alto y fornido, probablemente oriundo de Galway, que aparece con distintos nombres de pila en los registros de reclutamiento y los papeles oficiales, quien a la postre se convertiría en el comandante de los San Patricios.
Junto con Riley, otros desertores fueron atraídos por los talentos propagandísticos del general Ampudia. Un primer grupo de casi 50 soldados, la mayoría británicos y no sólo irlandeses, engrosó las filas del ejército mexicano y en las siguientes semanas llegaron a ser hasta 200. Fueron recibidos con mucho comedimiento por los militares mexicanos y pronto tuvieron oportunidad de mostrar su valía en las batallas de Matamoros y La Angostura, ésta última tan encarnizada que hasta la fecha ambos países reclaman haberla ganado. El hecho es que el ejército mexicano, con su unidad (no batallón) de gaélicos marchó hacia el sur, a defender la capital.
Los San Patricios pasaron por Puebla y se acantonaron en el sur de la Ciudad de México. Sus unidades se fueron engrosando con otros desertores del ejército invasor, ya que la guerra de volantes propagandísticos había continuado, con el refuerzo de plumas bilingües tan destacadas como la de Guillermo Prieto. Con una identidad bien definida y reconocimento por su valor, dos unidades de San Patricios, comandadas por John Riley, fueron parte de la fuerza que enfrentó a los estadounidenses en el convento de Churubusco, al sur de la Ciudad de México. La batalla fue muy sangrienta y la anécdota de “Si hubiera parque no estaría usted aquí”, se fundó en la lamentable circunstancia de que gran parte de las municiones disponibles para los mexicanos no eran del calibre adecuado. De hecho, sólo servían para los fusiles de los San Patricios.
El corresponsal del periódico Picayune de Nueva Orleans escribió en una apasionada crónica las vicisitudes de la batalla, destacando el valor de los desertores irlandeses, quienes impidieron varias veces a los soldados mexicanos levantar las banderas blancas de rendición. Más de la mitad de los San Patricios murieron. 80 fueron hechos prisioneros y otros tantos se dispersaron por los pueblos de la región. Lo que siguió fueron los juicios por deserción, aprovechando una tregua de tres semanas entre los ejércitos. Los procesos fueron muy duros, los prisioneros fueron acusados de alta traición aunque la labia de algunos y cierta benevolencia de los militares estadounidenses impidió que todos fueran ejecutados. Muchos San Patricios alegaron que habían ingresado al ejército mexicano estando borrachos, o que los habían obligado a usar el uniforme y tomar las armas contra Estados Unidos. Ninguno arguyó razones ideológicas o religiosas para desertar.
El trágico final para la mayoría fue el cadalso. 20 fueron ejecutados al final de los juicios, en las inmediaciones del convento de San Ángel. A 16 de ellos se les conmutó la pena máxima por 50 azotes. Los 30 prisioneros restantes terminaron también en la horca, cumpliéndose la sentencia la mañana que cayó el castillo de Chapultepec. John Riley fue de los que se salvó y al final de la guerra fue liberado. Permaneció como soldado del ejército mexicano unos años más, estuvo acuartelado en Puebla y al parecer terminó sus días en Veracruz.
La más reciente interpretación de este hecho histórico, con mucha libertad y creatividad artística, la realizaron los músicos Ry Cooder (redescubridor de las estrellas del Buena Vista Social Club) y The Chieftains, grupo tradicional irlandés, quienes produjeron el album San Patricio en 2010. En su versión de las identidades compartidas entre irlandeses y mexicanos, y quizá acompañados por mezcales y whiskeys (con e, en gaélico), invitaron a varios artistas a grabar melodías entrañables de ambos países. Lila Downs, Los Folcloristas, Chavela Vargas y Los Tigres del Norte comparten créditos con los irlandeses Moya Brennan y el actor Liam Neeson (quien hace una sentida narración de la batalla de Churubusco). Chieftains, Cooder y el mexicano-irlandés Batallón de Gaitas de San Patricio ofrecen una rica amalgama de chirimías, guitarrones, flautines, violines y, por supuesto ullieann pipes (gaitas gaélicas).
El 13 de septiembre de 1847 los San Patricios entraron en el panteón de nuestros héroes nacionales. Su nombre está escrito con letras de oro en el recinto legislativo mexicano.


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